terça-feira, 12 de maio de 2026

Sobre las denuncias de abuso sexual, 'Institución total'(Goffman) y psicopatología social

 Este fué un texto enviado por mi por e-mail a diversas personas de la família sodálite en el dia 24/08/2011


de Camila - Sobre las denuncias de abuso sexual, 'Institución total'(Goffman) y psicopatología social

Después de leer las últimas noticias de Lima y hablar un par de horas con mi marido quisiera dejarles mi reflexión:

En relación con la ilusión institucional (me refiero a la de la orden) de creerse y presentarse como “poseedores de la verdad”, creo que esta olvida que más importante que ofrecer o imponer a otros “la verdad” es saber soportar la verdad sobre uno mismo. Esta es ya lo suficientemente difícil y compleja de manejar, cuidar y donar... lo más importante es cuidar de uno mismo, responsabilizarse y punto.

En esta línea, me manifiesto por un lado triste, y por otro aliviada, por lo poco que leí en la versión electrónica del periódico.

Ante todo, me preocupa y apena pensar en estas víctimas. Quiénes son? Cuántos son? Seré yo misma una víctima más de esquemas patológicos de funcionamiento? Autoritarismos? Violencia? Manipulación? Encerramiento? Privaciones? Esto ya lo sospechaba. Postura que siempre me incomodó y de la cual siempre trate de diferenciarme, pero a la que por momentos me sometí por ingenuidad. Me apeno también por los miembros de la institución que sí tienen BUENA FE y COHERENCIA de PRINCIPIOS y que se ven marcados de esta manera (algunos asumiendo directamente la responsabilidad institucional por culpas ajenas). Y finalmente me preocupa la negligencia de los que tratan de encubrir los hechos, sin asumir ninguna responsabilidad por los daños y las consecuencias.

Por otro lado me siento aliviada porque ahora se podrá entender o perdonar y cuidar a muchos, “institucionalizados” y “des-institucionalizados”, que de alguna u otra manera fueron ultrajados física, psicológica y/o moralmente por esa persona y la influencia de su conducta patológica en el grupo social. Quien calla, otorga; por eso no me callo y espero sinceramente que la justicia se haga en los diferentes ámbitos: intra-institucional, eclesial y civil.

Ahora cabe a cada uno cuidar de sí y de los que amamos. Cuidar de las consecuencias de la VERDAD.

La Verdad se desvela, no se impone.

sexta-feira, 3 de abril de 2026

De víctimas a sobrevivientes: un proceso de reconocimiento, análisis, autocuidado y justicia

 Este es un texto breve y profundo que integra la perspectiva clínica de Sándor Ferenczi (especialmente su concepto del desmentido o denegación) con el proceso de lucha de algunas victimas que se consideran sobrevivientes. Pasar de considerarse víctima a saberse sobreviviente cambia la postura frente al victimário y las instancias de escucha. Esas son reflexiones después de un dia de mucho trabajo en la AVJRD. 

 En la clínica del trauma, Sándor Ferenczi nos enseñó que el daño más profundo no es solo la agresión original, sino el desmentido (Verleugnung): esa respuesta del entorno que ignora, minimiza o niega el dolor del agredido. Cuando una institución dice "aquí no pasó nada" o "no fue para tanto", obliga a la víctima a dudar de sus propios sentidos, fracturando su psiquismo.

Pasar de ser "víctima" a ser sobreviviente exige romper ese silencio impuesto. Este tránsito se sostiene en cuatro pilares fundamentales:

 Reconocimiento: Es el fin del desmentido. Es validar que lo que sentiste fue real, que el abuso existió y que la confusión que experimentaste fue una respuesta natural a una traición institucional. Nombrar la herida es el primer acto de libertad.

 Análisis: Comprender las estructuras de poder que permitieron el daño. Al analizar los mecanismos de manipulación y el lenguaje del "amor" o la "obediencia" que usó el agresor, el sobreviviente recupera su capacidad crítica y deja de cargar con una culpa que nunca le perteneció.

 Autocuidado: Ferenczi advertía sobre la "identificación con el agresor", donde la víctima se vuelve rígida o cruel consigo misma. El autocuidado es el antídoto: es aprender a escuchar las necesidades del cuerpo y las emociones, respetando los propios tiempos y diciendo "no" a cualquier proceso que resulte invasivo o apresurado.

 Justicia: No es un favor concedido por la institución, sino la restitución de la verdad y la dignidad. La justicia externa (reparación, sanción) es el cierre necesario para que el desmentido social desaparezca y el sobreviviente pueda, finalmente, habitar un mundo donde su palabra tiene valor.

Ser sobreviviente no es olvidar; es integrar la historia con dignidad, transformando el trauma en una demanda colectiva de justicia.


quarta-feira, 25 de março de 2026

La sangre derramada no se oculta

Hoy dos textos han circulado en torno a un mismo núcleo conflictivo: las denuncias de abusos vinculadas al Sodalicio y la figura de Luis Fernando Figari. Sin embargo, más que ofrecer versiones contrapuestas de un mismo hecho, ambos escritos ponen en escena algo más profundo: dos modos radicalmente distintos de relacionarse con la verdad, el poder y la palabra. Leerlos en conjunto no solo permite contrastar narrativas, sino también observar cómo operan, a nivel discursivo, la memoria, la defensa y, de manera particularmente evidente, la misoginia.

Leer en paralelo ambos textos no solo permite identificar posiciones opuestas, sino también algo más inquietante: la forma en que el discurso puede revelar, casi sin proponérselo, sus propios mecanismos de defensa.

Por un lado, el texto de Paola Ugaz se sitúa en el registro del testimonio. No es un discurso neutral ni distante: está atravesado por la experiencia, por el intento de nombrar algo que durante años permaneció silenciado. En términos psicológicos, podríamos decir que allí opera una insistencia: la de hacer existir en palabras aquello que fue negado, minimizado, ocultado o expulsado del relato oficial. Hay incomodidad, hay sensibilidad, hay compromiso con su palabra. Y precisamente por eso, está la verdad en juego, verdad que insiste en ser manifestada.

Del otro lado, lo que emerge no es un contraargumento, sino una defensa.

El texto de Alejandro Bermúdez no discute hechos ni versiones: desplaza el foco de atención hacia la figura de quien habla. Y lo hace de una manera particularmente significativa: atacando su cuerpo, su apariencia, su supuesta inestabilidad emocional. Este desplazamiento no es inocente. En la tradición psicoanalítica, cuando el contenido resulta amenazante, el aparato psíquico recurre a mecanismos que permiten evitar su elaboración. Uno de los más evidentes mecanismos de defensa aquí es la descalificación del mensajero.

Pero hay algo más específico,y más grave, en este caso: la vieja misoginia sodalite.

No se trata solo de un ataque personal. El recurso a figuras como la “mujer descontrolada”, “exagerada” o “histérica” reactiva un imaginario profundamente arraigado, donde la palabra femenina es sospechosa por definición. Históricamente, la acusación de histeria ha sido una forma de neutralizar discursos incómodos, de patologizar la disidencia y de restarle legitimidad a quien denuncia.

En ese sentido, el texto de Bermúdez no solo busca desacreditar a una periodista en particular, sino que se apoya en un repertorio cultural más amplio: aquel que convierte a la mujer que habla en un problema que debe ser corregido, ridiculizado o silenciado.

Desde una perspectiva psicoanalítica, esto puede leerse como un doble movimiento defensivo. Por un lado, se evita el núcleo del problema - los abusos, el poder, la responsabilidad. Por otro, se desplaza la tensión hacia un objeto más manejable: el cuerpo y la supuesta irracionalidad de quien denuncia.

El resultado es un discurso que, en lugar de responder, revela.

Revela la dificultad de ciertos sistemas para tolerar la emergencia de lo que los cuestiona. Revela también hasta qué punto, cuando lo que está en juego es el poder, el recurso a la misoginia sigue siendo una herramienta eficaz para intentar desactivar una voz.

Pero, como suele ocurrir, ese intento tiene un costo: cuanto más se recurre a la descalificación, más evidente se vuelve que, lo que está siendo evitado no es menor.

No es la exageración lo que incomoda. Es la posibilidad de que, detrás de esa voz desacreditada, haya algo que no puede seguir siendo negado.

Y quizá la inquietud final deba desplazarse hacia otro lugar: ¿a quién están realmente dirigidos estos textos?

¿Se trata únicamente de disputar la opinión pública? ¿O estamos, más bien, ante mensajes orientados hacia el interior de la propia institución, hacia sus sectores polarizados, hacia una Iglesia que aún parece debatirse entre reconocer a las víctimas o proteger sus estructuras?

Si es así, entonces el silencio, la demora y las reacciones defensivas dejan de ser meros accidentes. Se vuelven parte del problema. Porque no solo está en juego lo que se dice, sino también quién puede decirlo… y quién, todavía, no está dispuesto a escucharlo. Quizá, en el fondo, el purpurado aún intenta que la sangre no llegue al mar. 

Y, en un giro que roza lo involuntariamente revelador, solo nos quedaría decir: gracias, señor Bermúdez. Gracias por confirmar, más allá de cualquier intención, que el Sodalicio sigue existiendo como lógica y como red, que su supuesta supresión ha sido poco más que un gesto simbólico, un saludo a la bandera. Gracias por dejar entrever que la protección a Figari no es pasado, sino presente, con personas aún a su servicio, lo que inevitablemente abre la pregunta: ¿sostenido por quién? Gracias también por exponer, sin proponérselo, hasta qué punto la Iglesia ha quedado en una posición difícil de defender, rozando el ridículo institucional. No podemos sino imaginar que el Papa Francisco miraría este escenario con profunda decepción respecto del legado que intentó encauzar. Quedará, quizás, la expectativa - todavía frágil, pero necesaria - de que León XIV se atreva a corregir estos vacíos. Porque, a pesar de todo, incluso aquí, aún buscamos algún motivo para no renunciar del todo a la esperanza de lograr justicia para todas las víctimas.

Camila T. Alvim


sábado, 7 de fevereiro de 2026

Entre islas privadas y sacristías cerradas: un paralelo entre el caso Epstein y el caso Sodalício.

Entre islas privadas y sacristías cerradas: un paralelo entre el caso Epstein y el caso Sodalício. El gran pacto del desmentido contra abusos de poder.

Hay escándalos que atraviesan fronteras, idiomas e instituciones. El caso Jeffrey Epstein  - con su red de explotación sexual de niñas, dinero, aviones, islas y complicidades - y el caso del Sodalício - con décadas de abusos, manipulación espiritual y protección institucional - parecen, a primera vista, pertenecer a mundos distintos. Uno, al lujo obsceno del poder financiero; el otro, a la falencia moral de una institución religiosa. Pero ambos comparten la misma arquitectura de injusticia: la protección sistemática de hombres poderosos a costa del silenciamiento de niñas, niños y adolescentes.

No se trata solo de crímenes individuales. Se trata de sistemas. En Epstein, el escándalo no es únicamente la violencia cometida, sino la manera en que fiscales, jueces, banqueros, políticos y celebridades miraron hacia otro lado - cuando no abrieron puertas. En el Sodalício, el escándalo no es solo el abuso sexual y psicológico, sino el encubrimiento persistente, el traslado de agresores, la descalificación de las víctimas, el uso del discurso religioso para disciplinar el silencio . En ambos casos, el mensaje fue el mismo: el prestigio masculino vale más que la infancia herida.

Desde una perspectiva ética y de derechos humanos, esto es inaceptable. Niñas, niños y adolescentes no son “daños colaterales” de instituciones respetables. Son sujetos de derechos absolutos. Cuando el Estado negocia penas, deja prescribir delitos o se omite frente a las pruebas; cuando la Iglesia relativiza abusos en nombre de la “prudencia”, de la “imagen” o de la “unidad”, ambos traicionan su razón de existir. La justicia civil que protege a los poderosos y la justicia canónica que prioriza a la institución convergen en un mismo lugar: la negación de la dignidad de las víctimas.

La polémica debe decirse sin rodeos: existe un pacto de impunidad del patriarcado. Un acuerdo tácito - y a veces explícito - entre autoridades mayoritariamente masculinas para preservar jerarquías, reputaciones y privilegios. A las víctimas se las interroga; a los agresores, se los comprende. Las pruebas se relativizan; los testimonios se patologizan. El tiempo pasa, los procesos se eternizan y la memoria pública se cansa. Ese cansancio es parte de la estrategia.

No faltaron pruebas en el caso Epstein. No faltaron testimonios en el caso del Sodalício. Faltó valentía institucional. Faltó la decisión ética de romper con la cultura del encubrimiento. Faltó reconocer que la violencia sexual no es una “desviación”, sino un producto previsible de estructuras cerradas, autoritarias y masculinizadas que se creen por encima del escrutinio público.

Aún grito contra el pacto del horror, hablo como mujer. Pero antes de eso, fui una niña violentada por un sistema que eligió proteger a hombres. Lo que existe detrás del caso del Sodalício y del caso Epstein no es apenas negligencia: es connivencia. No es error: es decisión. Un pacto repugnante de silencio entre hombres poderosos, autoridades civiles, líderes religiosos e instituciones que se dicen morales, pero que en la práctica se comportan como cómplices de crímenes contra mujeres, niñas y niños, gente humilde o incluso ansianos que fueron manipulados por sus discursos.

Es obsceno. Es intolerable. Es monstruoso.
Mientras nosotros sufríamos en silencio, ellos negociaban acuerdos, dejaban prescribir procesos, archivaban denuncias, celebraban misas, firmaban resoluciones y brindaban por su propia impunidad. Llamaron violación “escándalo”, violencia “crisis”, abuso “pecado”. Convirtieron el horror en burocracia y el dolor en una molestia institucional.

Yo, como las tantas víctimas de Epstein, espero verdad, justicia y reparación. Pero sé -porque lo aprendí de la manera más cruel- que incluso con pruebas evidentes, testimonios reiterados y denuncias públicas, estas instituciones dirigidas por hombres poderosos seguirán intentando desacreditarnos, cansarnos y callarnos. El silencio no es un accidente: es el engranaje que mantiene intacto el poder.

Hoy soy una mujer adulta, feminista, y lo digo sin miedo: el patriarcado protege a criminales y sacrifica a la infancia. La justicia civil fracasa cuando perdona a los ricos y a los influyentes. La Iglesia fracasa cuando protege a su clero y abandona a sus víctimas. Ambas se encuentran en el mismo punto vergonzoso de la historia: el pacto de silencio, de negación y de impunidad.

Ese pacto machista no solo violentó a mujeres y niñas. También destruyó a niños y adolescentes varones, atrapados en el mismo sistema de abuso, silencio y complicidad. A ellos se les robó la infancia y se les dejó una masculinidad dañada, fracturada por la violencia, la culpa impuesta y el mandato de callar. Sus vidas emocionales fueron masacradas por instituciones que prefirieron proteger a agresores antes que reconocer el trauma profundo que marcaría para siempre sus cuerpos, sus afectos, su capacidad de confiar e incluso desarrollarse profesionalmente. El patriarcado no solo oprime: arrasa, y lo hace también con aquellos niños a los que luego exige “fortaleza” mientras los abandona a una herida que nunca eligieron.

Pero el tiempo de la vergüenza cambió de lado.Ya no somos niñas y niños aislados frente a hombres intocables. Somos mujeres y hombres que sobrevivieron y que denuncian. Y aunque intenten callarnos - una y otra vez- nuestra memoria está más viva que la de ellos, y nuestra voz, hoy, ya no pide permiso. Víctimas no olvidan y el derecho internacional tampoco debería hacerlo.

Como miembro y en mi rol de vicepresidenta de la Asociación por la Verdad, Justicia y Reparaciones Dignas, trabajando junto a los demás miembros por el fortalecimiento de nuestra institución,  seguimos esperando - con paciencia agotada y dignidad intacta- una respuesta concreta de las autoridades de la Iglesia. Mons. Bertomeu y Sor Simona Brambilla aún nos deben algo elemental: recibirnos, escucharnos de verdad y comenzar, de una vez por todas, a indemnizar justa y dignamente a las víctimas que siguen siendo ignoradas o reparadas de manera insuficiente. No pedimos favores ni gestos simbólicos; exigimos responsabilidad institucional, reconocimiento del daño y reparaciones reales. Cada día de silencio es una nueva forma de violencia. Cada demora es una confirmación más del pacto que denunciamos. Y, aun así, seguimos aquí, esperando justicia, sin renunciar a la verdad ni a nuestros derechos.

Camila T. Alvim 

Mujer, madre, psicóloga y psicanalista. Sobreviviente de los abusos del SCV.