Entre islas privadas y sacristías cerradas: un paralelo entre el caso Epstein y el caso Sodalício. El gran pacto del desmentido contra abusos de poder.
Hay escándalos que atraviesan fronteras, idiomas e instituciones. El caso Jeffrey Epstein - con su red de explotación sexual de niñas, dinero, aviones, islas y complicidades - y el caso del Sodalício - con décadas de abusos, manipulación espiritual y protección institucional - parecen, a primera vista, pertenecer a mundos distintos. Uno, al lujo obsceno del poder financiero; el otro, a la falencia moral de una institución religiosa. Pero ambos comparten la misma arquitectura de injusticia: la protección sistemática de hombres poderosos a costa del silenciamiento de niñas, niños y adolescentes.
No se trata solo de crímenes individuales. Se trata de sistemas. En Epstein, el escándalo no es únicamente la violencia cometida, sino la manera en que fiscales, jueces, banqueros, políticos y celebridades miraron hacia otro lado - cuando no abrieron puertas. En el Sodalício, el escándalo no es solo el abuso sexual y psicológico, sino el encubrimiento persistente, el traslado de agresores, la descalificación de las víctimas, el uso del discurso religioso para disciplinar el silencio . En ambos casos, el mensaje fue el mismo: el prestigio masculino vale más que la infancia herida.
Desde una perspectiva ética y de derechos humanos, esto es inaceptable. Niñas, niños y adolescentes no son “daños colaterales” de instituciones respetables. Son sujetos de derechos absolutos. Cuando el Estado negocia penas, deja prescribir delitos o se omite frente a las pruebas; cuando la Iglesia relativiza abusos en nombre de la “prudencia”, de la “imagen” o de la “unidad”, ambos traicionan su razón de existir. La justicia civil que protege a los poderosos y la justicia canónica que prioriza a la institución convergen en un mismo lugar: la negación de la dignidad de las víctimas.
La polémica debe decirse sin rodeos: existe un pacto de impunidad del patriarcado. Un acuerdo tácito - y a veces explícito - entre autoridades mayoritariamente masculinas para preservar jerarquías, reputaciones y privilegios. A las víctimas se las interroga; a los agresores, se los comprende. Las pruebas se relativizan; los testimonios se patologizan. El tiempo pasa, los procesos se eternizan y la memoria pública se cansa. Ese cansancio es parte de la estrategia.
No faltaron pruebas en el caso Epstein. No faltaron testimonios en el caso del Sodalício. Faltó valentía institucional. Faltó la decisión ética de romper con la cultura del encubrimiento. Faltó reconocer que la violencia sexual no es una “desviación”, sino un producto previsible de estructuras cerradas, autoritarias y masculinizadas que se creen por encima del escrutinio público.
Aún grito contra el pacto del horror, hablo como mujer. Pero antes de eso, fui una niña violentada por un sistema que eligió proteger a hombres. Lo que existe detrás del caso del Sodalício y del caso Epstein no es apenas negligencia: es connivencia. No es error: es decisión. Un pacto repugnante de silencio entre hombres poderosos, autoridades civiles, líderes religiosos e instituciones que se dicen morales, pero que en la práctica se comportan como cómplices de crímenes contra mujeres, niñas y niños, gente humilde o incluso ansianos que fueron manipulados por sus discursos.
Es obsceno. Es
intolerable. Es monstruoso.
Mientras nosotros sufríamos en silencio, ellos negociaban acuerdos, dejaban
prescribir procesos, archivaban denuncias, celebraban misas, firmaban
resoluciones y brindaban por su propia impunidad. Llamaron violación
“escándalo”, violencia “crisis”, abuso “pecado”. Convirtieron el horror en
burocracia y el dolor en una molestia institucional.
Yo, como las tantas víctimas de Epstein, espero verdad, justicia y reparación. Pero sé -porque lo aprendí de la manera más cruel- que incluso con pruebas evidentes, testimonios reiterados y denuncias públicas, estas instituciones dirigidas por hombres poderosos seguirán intentando desacreditarnos, cansarnos y callarnos. El silencio no es un accidente: es el engranaje que mantiene intacto el poder.
Hoy soy una mujer adulta, feminista, y lo digo sin miedo: el patriarcado protege a criminales y sacrifica a la infancia. La justicia civil fracasa cuando perdona a los ricos y a los influyentes. La Iglesia fracasa cuando protege a su clero y abandona a sus víctimas. Ambas se encuentran en el mismo punto vergonzoso de la historia: el pacto de silencio, de negación y de impunidad.
Ese pacto machista no solo violentó a mujeres y niñas. También destruyó a niños y adolescentes varones, atrapados en el mismo sistema de abuso, silencio y complicidad. A ellos se les robó la infancia y se les dejó una masculinidad dañada, fracturada por la violencia, la culpa impuesta y el mandato de callar. Sus vidas emocionales fueron masacradas por instituciones que prefirieron proteger a agresores antes que reconocer el trauma profundo que marcaría para siempre sus cuerpos, sus afectos, su capacidad de confiar e incluso desarrollarse profesionalmente. El patriarcado no solo oprime: arrasa, y lo hace también con aquellos niños a los que luego exige “fortaleza” mientras los abandona a una herida que nunca eligieron.
Pero el tiempo de la vergüenza cambió de lado.Ya no somos niñas y niños aislados frente a hombres intocables. Somos mujeres y hombres que sobrevivieron y que denuncian. Y aunque intenten callarnos - una y otra vez- nuestra memoria está más viva que la de ellos, y nuestra voz, hoy, ya no pide permiso. Víctimas no olvidan y el derecho internacional tampoco debería hacerlo.
Como miembro y en mi rol de vicepresidenta de la Asociación por la Verdad, Justicia y Reparaciones Dignas, trabajando junto a los demás miembros por el fortalecimiento de nuestra institución, seguimos esperando - con paciencia agotada y dignidad intacta- una respuesta concreta de las autoridades de la Iglesia. Mons. Bertomeu y Sor Simona Brambilla aún nos deben algo elemental: recibirnos, escucharnos de verdad y comenzar, de una vez por todas, a indemnizar justa y dignamente a las víctimas que siguen siendo ignoradas o reparadas de manera insuficiente. No pedimos favores ni gestos simbólicos; exigimos responsabilidad institucional, reconocimiento del daño y reparaciones reales. Cada día de silencio es una nueva forma de violencia. Cada demora es una confirmación más del pacto que denunciamos. Y, aun así, seguimos aquí, esperando justicia, sin renunciar a la verdad ni a nuestros derechos.
Camila T. Alvim
Mujer, madre, psicóloga y psicanalista. Sobreviviente de los abusos del SCV.
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