sábado, 7 de fevereiro de 2026

Entre islas privadas y sacristías cerradas: un paralelo entre el caso Epstein y el caso Sodalício.

Entre islas privadas y sacristías cerradas: un paralelo entre el caso Epstein y el caso Sodalício. El gran pacto del desmentido contra abusos de poder.

Hay escándalos que atraviesan fronteras, idiomas e instituciones. El caso Jeffrey Epstein  - con su red de explotación sexual de niñas, dinero, aviones, islas y complicidades - y el caso del Sodalício - con décadas de abusos, manipulación espiritual y protección institucional - parecen, a primera vista, pertenecer a mundos distintos. Uno, al lujo obsceno del poder financiero; el otro, a la falencia moral de una institución religiosa. Pero ambos comparten la misma arquitectura de injusticia: la protección sistemática de hombres poderosos a costa del silenciamiento de niñas, niños y adolescentes.

No se trata solo de crímenes individuales. Se trata de sistemas. En Epstein, el escándalo no es únicamente la violencia cometida, sino la manera en que fiscales, jueces, banqueros, políticos y celebridades miraron hacia otro lado - cuando no abrieron puertas. En el Sodalício, el escándalo no es solo el abuso sexual y psicológico, sino el encubrimiento persistente, el traslado de agresores, la descalificación de las víctimas, el uso del discurso religioso para disciplinar el silencio . En ambos casos, el mensaje fue el mismo: el prestigio masculino vale más que la infancia herida.

Desde una perspectiva ética y de derechos humanos, esto es inaceptable. Niñas, niños y adolescentes no son “daños colaterales” de instituciones respetables. Son sujetos de derechos absolutos. Cuando el Estado negocia penas, deja prescribir delitos o se omite frente a las pruebas; cuando la Iglesia relativiza abusos en nombre de la “prudencia”, de la “imagen” o de la “unidad”, ambos traicionan su razón de existir. La justicia civil que protege a los poderosos y la justicia canónica que prioriza a la institución convergen en un mismo lugar: la negación de la dignidad de las víctimas.

La polémica debe decirse sin rodeos: existe un pacto de impunidad del patriarcado. Un acuerdo tácito - y a veces explícito - entre autoridades mayoritariamente masculinas para preservar jerarquías, reputaciones y privilegios. A las víctimas se las interroga; a los agresores, se los comprende. Las pruebas se relativizan; los testimonios se patologizan. El tiempo pasa, los procesos se eternizan y la memoria pública se cansa. Ese cansancio es parte de la estrategia.

No faltaron pruebas en el caso Epstein. No faltaron testimonios en el caso del Sodalício. Faltó valentía institucional. Faltó la decisión ética de romper con la cultura del encubrimiento. Faltó reconocer que la violencia sexual no es una “desviación”, sino un producto previsible de estructuras cerradas, autoritarias y masculinizadas que se creen por encima del escrutinio público.

Aún grito contra el pacto del horror, hablo como mujer. Pero antes de eso, fui una niña violentada por un sistema que eligió proteger a hombres. Lo que existe detrás del caso del Sodalício y del caso Epstein no es apenas negligencia: es connivencia. No es error: es decisión. Un pacto repugnante de silencio entre hombres poderosos, autoridades civiles, líderes religiosos e instituciones que se dicen morales, pero que en la práctica se comportan como cómplices de crímenes contra mujeres, niñas y niños, gente humilde o incluso ansianos que fueron manipulados por sus discursos.

Es obsceno. Es intolerable. Es monstruoso.
Mientras nosotros sufríamos en silencio, ellos negociaban acuerdos, dejaban prescribir procesos, archivaban denuncias, celebraban misas, firmaban resoluciones y brindaban por su propia impunidad. Llamaron violación “escándalo”, violencia “crisis”, abuso “pecado”. Convirtieron el horror en burocracia y el dolor en una molestia institucional.

Yo, como las tantas víctimas de Epstein, espero verdad, justicia y reparación. Pero sé -porque lo aprendí de la manera más cruel- que incluso con pruebas evidentes, testimonios reiterados y denuncias públicas, estas instituciones dirigidas por hombres poderosos seguirán intentando desacreditarnos, cansarnos y callarnos. El silencio no es un accidente: es el engranaje que mantiene intacto el poder.

Hoy soy una mujer adulta, feminista, y lo digo sin miedo: el patriarcado protege a criminales y sacrifica a la infancia. La justicia civil fracasa cuando perdona a los ricos y a los influyentes. La Iglesia fracasa cuando protege a su clero y abandona a sus víctimas. Ambas se encuentran en el mismo punto vergonzoso de la historia: el pacto de silencio, de negación y de impunidad.

Ese pacto machista no solo violentó a mujeres y niñas. También destruyó a niños y adolescentes varones, atrapados en el mismo sistema de abuso, silencio y complicidad. A ellos se les robó la infancia y se les dejó una masculinidad dañada, fracturada por la violencia, la culpa impuesta y el mandato de callar. Sus vidas emocionales fueron masacradas por instituciones que prefirieron proteger a agresores antes que reconocer el trauma profundo que marcaría para siempre sus cuerpos, sus afectos, su capacidad de confiar e incluso desarrollarse profesionalmente. El patriarcado no solo oprime: arrasa, y lo hace también con aquellos niños a los que luego exige “fortaleza” mientras los abandona a una herida que nunca eligieron.

Pero el tiempo de la vergüenza cambió de lado.Ya no somos niñas y niños aislados frente a hombres intocables. Somos mujeres y hombres que sobrevivieron y que denuncian. Y aunque intenten callarnos - una y otra vez- nuestra memoria está más viva que la de ellos, y nuestra voz, hoy, ya no pide permiso. Víctimas no olvidan y el derecho internacional tampoco debería hacerlo.

Como miembro y en mi rol de vicepresidenta de la Asociación por la Verdad, Justicia y Reparaciones Dignas, trabajando junto a los demás miembros por el fortalecimiento de nuestra institución,  seguimos esperando - con paciencia agotada y dignidad intacta- una respuesta concreta de las autoridades de la Iglesia. Mons. Bertomeu y Sor Simona Brambilla aún nos deben algo elemental: recibirnos, escucharnos de verdad y comenzar, de una vez por todas, a indemnizar justa y dignamente a las víctimas que siguen siendo ignoradas o reparadas de manera insuficiente. No pedimos favores ni gestos simbólicos; exigimos responsabilidad institucional, reconocimiento del daño y reparaciones reales. Cada día de silencio es una nueva forma de violencia. Cada demora es una confirmación más del pacto que denunciamos. Y, aun así, seguimos aquí, esperando justicia, sin renunciar a la verdad ni a nuestros derechos.

Camila T. Alvim 

Mujer, madre, psicóloga y psicanalista. Sobreviviente de los abusos del SCV.

domingo, 1 de dezembro de 2024

NOTAS PARA UN CENTENAR DE SOBREVIVIENTES… Por Sandra Alvarez y Camila T Alvim

  


101 sobrevivientes y ex miembros de las tres instituciones de vida consagrada: Sodalicio de Vida Cristiana (SCV), Fraternidad Mariana de la Reconciliación (FMR) y Siervas del Plan de Dios (SPD), en el mes de noviembre de 2024, realizaron una encuesta anónima sobre las diferentes enfermedades psiquiátricas, psicológicas y físicas que, desde su percepción personal, se encuentran relacionadas con su vivencia en las comunidades anteriormente descritas.  

La participación por instituciones de los exmiembros fue la siguiente: 

Tabla

Descripción generada automáticamente 

RESULTADOS DEL SONDEO: 

En relación con diagnósticos psiquiátricos y psicológicos, resaltan principalmente los cuadros de depresión y ansiedad en 40 ex consagrados. Un número menor manifestaron tener diagnósticos de bipolaridad (10), trastorno obsesivo compulsivo (4), esquizofrenia (2) y adicción (1).   

De otro lado, 27 sobrevivientes indican que han sufrido de estrés post traumático e insomnio. 16 personas declaran sufrir de cansancio crónico y 15 desarrollaron trastorno de pánico. En menor medida se presentan diagnósticos de agorafobia (6), Trastorno límite de la personalidad (Borderline) (4), hipersensibilidad y semi-autismo (1). 

En cuanto a las enfermedades físicas, destacan la migraña y cuadros de gastritis en 43 sobrevivientes; problemas de espalda en 29 ex consagrados; fibromialgia en 22; problemas de colon en 19; tendinitis en 18; dolor crónico en 14; presión ocular por estrés en 8; desórdenes alimenticios como bulimia y anorexia en 5; apnea de sueño (1); asma (3); anemia (1),  enfermedades hormonales como: obesidad (13), endometriosis (7), alopecia (6); acné hormonal y prediabetes (1); enfermedades autoinmunes como: Celiaca (3), lupus (1), Hashimoto (2), leucopenia (1), intolerancia al gluten (1); una ex consagrada manifestó haber desarrollado cáncer; 2 sobrevivientes indicaron que tienen discapacidad permanente.  

En la casilla que daba opción de manifestar otras enfermedades, un sobreviviente señaló que el asma “apareció en comunidad a mis 22 años”; otro expresó que sufrió fracturas y esguinces “por deporte y obediencia”; un tercer sobreviviente indicó que desarrolló “anemia durante la mayoría de mi tiempo en comunidad 

Dos ex consagrados manifestaron que sus síntomas aparecieron con posterioridad a su salida de la vida comunitaria. Un sobreviviente indicó que su diagnóstico de depresión se dio “durante dos años mientras viví en comunidad. 

La última pregunta permitía que se expresaran comentarios a quienes quisieran agregar alguna información. Esta fue contestada por 41 participantes, de los cuales 3 no refirieron tener enfermedades o secuelas psicológicas o físicas derivadas de su vivencia en las comunidades; uno de ellos invitó a perdonar como rezamos todos los días en el Padre Nuestro” y otra exconsagrada, manifestó que ella como muchos otros viven reconciliados y están bien en sus vidas. 

 

En relación con los diagnósticos psiquiátricos y psicológicos, algunos sobrevivientes expresaron que sus síntomas se manifestaron desde que estaban en formación; que el “nivel de presión en las comunidades era insoportable”. También señalaron que después de salir de comunidad no requirieron más tratamientos psiquiátricos. 

  

Otros sobrevivientes relatan que fueron obligados a ir a terapia psicológica por obediencia; incluso se denuncia que algunos fueron medicados por años, sin prescripción de médico psiquiatra. 

  

Algunos refieren dificultades para trabajar y estudiar a partir de su salida de comunidad por las consecuencias de lo vivido. Unos indican que aún sufren periodos de ansiedad, depresión, estrés post traumático, ataques de pánico e insomnio. 

  

Una ex consagrada relató que cuando ingresó a comunidad estaba sana y salió enferma como consecuencia de los abusos sufridos. Así mismo, se denuncia que había superioras que determinaban cuando sí y cuando no tomar medicamentos; o cuándo suspender terapias y/o tratamientos, aunque él médico de cabecera no estuviera de acuerdo.  

 

Otra sobreviviente manifestó haber tenido muchos intentos de suicido, y terminar internada en un hospital psiquiátrico.  

 

En cuanto a las enfermedades y lesiones físicas, algunos manifestaron padecer de hernias lumbares producto de las más de 3000 abdominales que hacían a diario por 2 años; otro sobreviviente indica que actualmente tiene problemas en las cuerdas vocales por el uso prolongado de malas posturas al cantar, lo cual realizó por años en la comunidad; finalmente una ex consagrada refiere que dentro de la comunidad tuvo muchos malestares gastrointestinales, y después de salir de comunidad tuvo que someterse a un procedimiento de extirpación del colon y parte del intestino delgado.  

 

ALGUNAS REFLEXIONES:  

Acogiendo lo expresado por un participante de la encuesta, es pertinente aclarar que este documento no es el resultado de un estudio de investigación, ni cuantitativa ni cualitativa, ni mucho menos pretende construir inferencias científicas de causa – efecto, en cuanto a que los problemas de salud aquí enunciados necesariamente son el resultado directo de las vivencias personales en las tres instituciones de vida consagrada.  

Sin embargo, es un ejercicio descriptivo de síntomas comunes en temas relacionados con la salud física y mental de un centenar de personas que transitamos pocos o muchos años de nuestras vidas en el Sodalicio de Vida Cristiana (SCV), Fraternidad Mariana de la Reconciliación (FMR) y Siervas del Plan de Dios (SPD) y que podrían estar relacionados con la cultura de abuso físico, psicológico, sexual, de poder y/o espiritual experimentados en las tres instituciones relacionadas. 

No es un hecho ajeno a la realidad que al interior de tales instituciones se han vivido abusos, que generaron daños en no pocas personas y muchos de ellos, reconocidos por la Iglesia y las mismas organizaciones religiosas. 

Cada caso es diferente, y por ello los procesos personales de denuncia y reparación tienen protocolos específicos que permiten establecer responsables, el daño impetrado y la posibilidad de resarcir este daño. 

Ahora bien. Existen estudios que demuestran la relación existente entre enfermedades psiquiátricas, psicológicas y físicas, y el denominado “trauma religioso”.  

Llama la atención que en estas investigaciones se hace alusión a varias enfermedades manifestadas por los sobrevivientes encuestados como: depresión, ansiedad, trastorno de pánico, Trastorno de Estrés Post Traumático, adicciones, desórdenes alimenticios, migrañas, fatiga, problemas digestivos, entre otros. Esto evidencia que no necesariamente se trata de manifestaciones preexistentes o casuales, sino que dan indicios de una posible correlación que debe ser investigada más exhaustivamente. 

Ortega Villa (2022) hace un recuento de algunos estudios sobre trauma religioso, donde se pone de manifiesto, cómo muchas alteraciones en la salud mental y física son generadas por las restricciones creadas en un grupo y las contradicciones a nivel del pensamiento.  

Describe algunas de estas investigaciones así:  

“En esta categoría se incluye el cúmulo de alteraciones en la adaptación de comportamientos específicos importantes, tales como la somatización, la alteración del sueño, los problemas sexuales, los desórdenes alimenticios y los comportamientos adictivos (Saldaña et al., 2017)  

González-Bueso et al (2015) a partir de un estudio de caso de una mujer que vivió por más de 26 años en grupo de abuso, demostró el desarrollo de problemas fisiológicos como: erosión esofágica, cólico del hígado, inflamación del esófago, indigestión, fatiga, dolores de cabeza y desarrollo de la vesícula biliar relacionado con el alto estrés provocado y las restricciones de buscar ayuda médica fuera del grupo. Sus puntuaciones en somatización pasaron de 2,25 a 1,42 después de aplicar la psicoterapia.  

Ward (2011) identificó lesiones a nivel del esófago, vesícula biliar e hígado proveniente de la tensión de control interno/externa ejercidas en ex miembros de grupo coercitivos “basados en la biblia” derivado de la prohibición de buscar ayuda externa en salud.  

En la investigación de Matthes y Salazar (2012) a partir de las entrevistas realizadas en Estados Unidos sobre personas que crecen en grupos sectarios de fe de alta intensidad afirman que se desarrollan síntomas físicos como dolores de cabeza, de estómago y fatiga originados por los distintos tipos de abuso: sexual, emocional y físico.  

Por último, Jones (2016) describió problemas de consumo de sustancia en varios de sus entrevistados” (p.23-24) 

De acuerdo con González-Rivera (2024) el trauma religioso es “un daño psicológico que surge dentro de contextos religiosos, a menudo ligado a doctrinas rígidas, abuso de poder, o desilusión institucional” (p. 61) 

Este autor, refiere que el trauma religioso surge en entornos que se caracterizan por: 

dualidades inflexibles, juicios inapelables y un ambiente impregnado del temor al castigo eterno que comúnmente resultan en síntomas asociados con el trastorno de estrés postraumático. Se acepta ampliamente que estos síntomas abarcan experiencias como recuerdos invasivos, un estado de alerta constante, vigilancia excesiva, ansiedad, depresión, insensibilidad emocional, disociación, una compulsión a repetir comportamientos, una limitación en la expresión emocional y problemas con el sueño (Panchuk, 2018) (…) Puede originarse de una estructura de poder autoritaria, la imposición de creencias rígidas, o de prácticas que promueven la vergüenza, el miedo y la culpa (Anderson, 2023)(p.63;64). 

A diferencia de otros traumas psicológicos que se desarrollan en relación con un evento, la particularidad del trauma religioso consiste en que se deriva de un cúmulo de experiencias relacionadas con la identidad personal, la concepción de la misión en el mundo, y el anclaje de la fe. Es por ello que cuando esta fe se rompe o se cuestiona su vivencia, el impacto puede ser muy doloroso, así como sus implicaciones. (González-Rivera, 2024. p. 64). 

El trauma religioso conlleva en sí la categoría de “abuso espiritual”, que según Oakley & Kinmond (2013) se da cuando la autoridad utiliza la doctrina religiosa de manera coercitiva o manipuladora, socavando la autonomía y la integridad personal. Este abuso puede incluir un indebido uso de las Escrituras o incluso del púlpito para controlar el comportamiento de las personas; el abusador exige obediencia y busca aislar a la víctima de otros individuos externos al contexto de abuso. (p.21-22) 

Dentro de las características principales del abuso espiritual, según González-Rivera (2024), se encuentran: la manipulación y control, donde los líderes espirituales socavan la libertad de la persona, utilizando la denominada “obediencia” para lograr sus propios fines; la inducción al miedo y culpa, cuando no se acatan las normas. Por ello, salir de la comunidad es una amenaza a la propia salvación o en todo caso a la felicidad; aislamiento y dependencia, ya que se genera una excesiva dependencia de la comunidad, y la persona prácticamente queda sin redes de apoyo; explotación personal y emocional, donde el líder genera un sometimiento de voluntad y control de la persona a cambio de atención espiritual, valoración, e incluso estatus en la misma organización. (p.65) 

Las consecuencias de este abuso espiritual llevan a las víctimas a experimentar “síntomas de trastorno de estrés postraumático (TEPT), ansiedad, depresión y otras dificultades de salud mental (…) El control y la manipulación constantes pueden erosionar significativamente la autoestima y la autonomía de una persona, afectando su capacidad para formar relaciones saludables y desencadenando una crisis de identidad y espiritualidad (p.66). 

De otro lado, el trauma religioso se puede generar estrés porque la persona se encuentra en un grupo caracterizado por tener una “Doctrina Inflexible” 

Son ambientes propicios para esta “Doctrina Inflexible”, grupos o comunidades donde se enfatizan la doctrina del pecado, el castigo y la culpa. De acuerdo con González-Rivera (2024) se pueden generar tres consecuencias: crisis de identidad, cuando las personas comienzan a cuestionar creencias aceptadas por todos, ya que estos cuestionamientos se toman como algo inaceptable; disonancia cognitiva, por cuanto las creencias personales ya entran en conflicto expreso con las creencias del grupo o comunidad; ello conlleva a sentimientos de angustia y luchas espirituales internas; y finalmente la exclusión social, por cuanto el precio que se paga por no adherirse a todas las enseñanzas, es la pérdida de una comunidad de apoyo. (p.65-66) 

El autor referenciado, expresa que cuando la persona logra liberarse de esa comunidad o grupo donde estaba siendo abusada espiritualmente bien sea por “desacuerdos doctrinales, cambios en las creencias personales, o estilos de vida” (p.67), enfrenta un proceso de exclusión o rechazo por esta comunidad de fe. A esta situación denomina el ostracismo social. Ello puede traer como consecuencia la perdida de una red de apoyo emocional y social, propiciando la posibilidad de desarrollar cuadros de depresión, ansiedad, entre otros. De igual forma, puede generar crisis de identidad, ya que se asociaba la vivencia grupal con la adhesión religiosa.  

De otro lado, este trauma religioso, puede transmitirse entre generaciones, replicando los patrones de trauma y abuso espiritual. 

Este proceso puede ocurrir cuando los adultos, que han sido ellos mismos víctimas de trauma religioso, inconscientemente reproducen las mismas dinámicas abusivas o rígidas con sus propios hijos o miembros más jóvenes de la comunidad. Estudios recientes han destacado cómo las actitudes, creencias y prácticas traumáticas pueden ser transmitidas, a menudo de manera inadvertida, estableciendo un ciclo difícil de romper (Van IJzendoorn et al., 2013; Hardy, 2018)(González-Rivera,2024. P. 69). 

Otra consecuencia del trauma religioso es la denominada desilusión institucional, concebida como un proceso en el cual se pierde la confianza y fe en las instituciones religiosas.  

Este fenómeno puede ser el resultado de una variedad de factores, incluyendo el descubrimiento de corrupción, abuso de poder, hipocresía entre líderes religiosos, o una desconexión entre las enseñanzas religiosas y su implementación práctica. En la última década, ha habido un creciente reconocimiento de cómo estas desilusiones pueden impactar profundamente en la salud mental de los creyentes, llevándolos a experimentar sentimientos de traición, pérdida y crisis espiritual (Zock, 2013; Henning, 2016). (González-Rivera,2024. P. 70). 

Finalmente, es importante señalar que el trauma religioso cuando es silenciado, o no se le da el suficiente peso al daño recibido, trae como consecuencia un mayor sufrimiento para la víctima.  

En efecto, así lo demuestran Benigno-Ribeiro, R. y Pessôa, L. (2023) en su trabajo de investigación denominado: “Silenciadas y desacreditadas: el impacto psíquico en las mujeres que revelan violencia sexual en medio religioso, en el cual se entrevistó a mujeres víctimas de violencia sexual en ambientes religiosos, explorando si habían sido desacreditadas o no.  

Con base en el concepto psicoanalítico de la “Negación” de Sándor Ferenczi, las investigadoras referenciadas, pudieron identificar cómo la negación y/o los encubrimientos pueden provocar un trauma patógeno y graves impactos psicológicos a las víctimas.  

La conclusión a la que llegaron es que la negación de experiencias traumáticas amplifica el sufrimiento en intensidad y duración. 

 

HACIA LA RECUPERACIÓN y RECONSTRUCCIÓN DE LA PROPIA IDENTIDAD Y SENTIDO DE VIDA 

Quedará a juicio del lector, revisar en consciencia si las dificultades que ha experimentado en su salud y bienestar personal se encuentran relacionadas con la cultura de abuso vividas en su tiempo de pertenencia al Sodalicio de Vida Cristiana (SCV), Fraternidad Mariana de la Reconciliación (FMR) o Siervas del Plan de Dios (SPD), y si ello pudiese configurar una experiencia de trauma religioso con sus consecuencias psicológicas, físicas y morales. 

Para quienes escribimos estas líneas creemos que es fundamental realizar un análisis personal y crítico que permita reconocer, identificar y nombrar lo vivido, con soporte y acompañamiento médico y/o terapéutico fuera del ambiente abusivo.  

Invitamos a quienes se consideren sobrevivientes de alguna de estas comunidades religiosas, que accedan a los canales institucionales de denuncia en el ámbito civil, penal y también eclesial abierto para esos fines.  

Creemos que la amistad y nuevas redes de apoyo son de suma importancia en las diferentes fases del reconocimiento, tratamiento y de la recuperación.  

Permítanse experimentar una nueva vida, buscar nuevos sentidos, crear nuevos proyectos o retomar antiguos, quizá abandonados antes de la experiencia traumática 

Tal vez sea el tiempo de retomar con esperanza las riendas de la propia vida; interrumpir el ciclo de abusos y violencias y así evitar que otras personas sean nuevas víctimas de abusos. 

 

REFERENCIAS: 

Benigno-Ribeiro, Renata; Pessôa, Luciana Fontes. Silenciadas e Desacreditadas: O impacto psíquico nas mulheres que revelam violência sexual em meios religiosos. Rio de Janeiro, 2023. 161 p. Dissertação de Mestrado - Departamento de Psicologia, Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro.  

González-Rivera (2024). Trauma Religioso: Fundamentos Conceptuales para la Práctica de la Psicotraumatología y la Psicología Clínica. Revista CISTEI, marzo de 2024. 

Oakley, E., & Kinmond, K. (2013). Breaking the Silence on Spiritual Abuse. Palgrave Macmillan: New York. 

Ortega Villa (2022). Daño y Perjuicio a la salud mental en sectas destructivas: Una revisión de tema. Tesis de maestría. Universidad CES.