Hoy dos textos han circulado en torno a un mismo núcleo conflictivo: las denuncias de abusos vinculadas al Sodalicio y la figura de Luis Fernando Figari. Sin embargo, más que ofrecer versiones contrapuestas de un mismo hecho, ambos escritos ponen en escena algo más profundo: dos modos radicalmente distintos de relacionarse con la verdad, el poder y la palabra. Leerlos en conjunto no solo permite contrastar narrativas, sino también observar cómo operan, a nivel discursivo, la memoria, la defensa y, de manera particularmente evidente, la misoginia.
Leer en paralelo ambos textos no solo permite identificar posiciones opuestas, sino también algo más inquietante: la forma en que el discurso puede revelar, casi sin proponérselo, sus propios mecanismos de defensa.
Por un lado, el texto de Paola Ugaz se sitúa en el registro del testimonio. No es un discurso neutral ni distante: está atravesado por la experiencia, por el intento de nombrar algo que durante años permaneció silenciado. En términos psicológicos, podríamos decir que allí opera una insistencia: la de hacer existir en palabras aquello que fue negado, minimizado, ocultado o expulsado del relato oficial. Hay incomodidad, hay sensibilidad, hay compromiso con su palabra. Y precisamente por eso, está la verdad en juego, verdad que insiste en ser manifestada.
Del otro lado, lo que emerge no es un contraargumento, sino una defensa.
El texto de Alejandro Bermúdez no discute hechos ni versiones: desplaza el foco de atención hacia la figura de quien habla. Y lo hace de una manera particularmente significativa: atacando su cuerpo, su apariencia, su supuesta inestabilidad emocional. Este desplazamiento no es inocente. En la tradición psicoanalítica, cuando el contenido resulta amenazante, el aparato psíquico recurre a mecanismos que permiten evitar su elaboración. Uno de los más evidentes mecanismos de defensa aquí es la descalificación del mensajero.
Pero hay algo más específico,y más grave, en este caso: la vieja misoginia sodalite.
No se trata solo de un ataque personal. El recurso a figuras como la “mujer descontrolada”, “exagerada” o “histérica” reactiva un imaginario profundamente arraigado, donde la palabra femenina es sospechosa por definición. Históricamente, la acusación de histeria ha sido una forma de neutralizar discursos incómodos, de patologizar la disidencia y de restarle legitimidad a quien denuncia.
En ese sentido, el texto de Bermúdez no solo busca desacreditar a una periodista en particular, sino que se apoya en un repertorio cultural más amplio: aquel que convierte a la mujer que habla en un problema que debe ser corregido, ridiculizado o silenciado.
Desde una perspectiva psicoanalítica, esto puede leerse como un doble movimiento defensivo. Por un lado, se evita el núcleo del problema - los abusos, el poder, la responsabilidad. Por otro, se desplaza la tensión hacia un objeto más manejable: el cuerpo y la supuesta irracionalidad de quien denuncia.
El resultado es un discurso que, en lugar de responder, revela.
Revela la dificultad de ciertos sistemas para tolerar la emergencia de lo que los cuestiona. Revela también hasta qué punto, cuando lo que está en juego es el poder, el recurso a la misoginia sigue siendo una herramienta eficaz para intentar desactivar una voz.
Pero, como suele ocurrir, ese intento tiene un costo: cuanto más se recurre a la descalificación, más evidente se vuelve que, lo que está siendo evitado no es menor.
No es la exageración lo que incomoda. Es la posibilidad de que, detrás de esa voz desacreditada, haya algo que no puede seguir siendo negado.
Y quizá la inquietud final deba desplazarse hacia otro lugar: ¿a quién están realmente dirigidos estos textos?
¿Se trata únicamente de disputar la opinión pública? ¿O estamos, más bien, ante mensajes orientados hacia el interior de la propia institución, hacia sus sectores polarizados, hacia una Iglesia que aún parece debatirse entre reconocer a las víctimas o proteger sus estructuras?
Si es así, entonces el silencio, la demora y las reacciones defensivas dejan de ser meros accidentes. Se vuelven parte del problema. Porque no solo está en juego lo que se dice, sino también quién puede decirlo… y quién, todavía, no está dispuesto a escucharlo. Quizá, en el fondo, el purpurado aún intenta que la sangre no llegue al mar.
Y, en un giro que roza lo involuntariamente revelador, solo nos quedaría decir: gracias, señor Bermúdez. Gracias por confirmar, más allá de cualquier intención, que el Sodalicio sigue existiendo como lógica y como red, que su supuesta supresión ha sido poco más que un gesto simbólico, un saludo a la bandera. Gracias por dejar entrever que la protección a Figari no es pasado, sino presente, con personas aún a su servicio, lo que inevitablemente abre la pregunta: ¿sostenido por quién? Gracias también por exponer, sin proponérselo, hasta qué punto la Iglesia ha quedado en una posición difícil de defender, rozando el ridículo institucional. No podemos sino imaginar que el Papa Francisco miraría este escenario con profunda decepción respecto del legado que intentó encauzar. Quedará, quizás, la expectativa - todavía frágil, pero necesaria - de que León XIV se atreva a corregir estos vacíos. Porque, a pesar de todo, incluso aquí, aún buscamos algún motivo para no renunciar del todo a la esperanza de lograr justicia para todas las víctimas.
Camila T. Alvim